EL FETO

Novela. El Globero. Capitulo II

Amelia envolvió su cuerpo en un jorongo de lana, tomó de la mesa de la cocina un chal que había terminado de tejer solo unas horas antes y lo enredó en su cabeza. Las pocas palabras que había intercambiado con José Rafael, antes de montarse en el caballo, habían dejado salir de su boca un espeso vaho que le recordó las ganas que tenía de una taza de leche caliente, su pensamiento tuvo eco en su estómago emitiendo un sonido de tripas que intentó acallar poniendo la mano sobre su abultada panza.  El aullido de los coyotes se sentía cercano, el agudo sonido la impacientaba —la noche es serena José Rafael— dijo al oido del hombre. La anciana mentía, sabía que en el rancho nada era sereno cuando había luna llena, el corazón de Amelia latía de forma irregular, se sentía nerviosa, sentía agruras recorriéndole el esófago, se aferró a la cintura del jinete mientras el caballo corría más fuerte a cada lacerazo que recibía del amo, mientras Amelia repetía dentro de su cabeza –Siempre hacía afuera, de adentro hacía afuera – al observar el polvo que el caballo levantaba al  trotar sobre la tierra

De color  azul era la luz con la que el gran astro bañaba las humildes casa de adobe, los establos y sembradíos. Amelia se aferraba a lo que sus ojos veían y volteó la cabeza para ver como poco a poco un plantío de maíz quedaba tras de ellos. Regresó el rostro para esconderlo tras la espalda del jinete, el frío invernal le rasgaba el rostro. Desistió de buscar imágenes y cerró los ojos para protegerlos del aire. Cuando la luz y el paisaje se apagaron la punzada en la cabeza volvió a atosigarla y como una premonición regresaron a su mente el feto y el sartén —Te lo dije Tómas, pronto muy pronto Tómas—dijo la anciana deseando fervientemente que su gato estuviera en su regazo calentandole las piernas. En la oscuridad de su mente Amelia viajo muchas decadas atrás para encontrarse con la imagen de la abuela Blanca sentada sobre una mesedora de mimbre afuera de la casa, en aquella ocasión la luna había sido tan grande como la que esa noche le iluminaba el camino a José Rafael —mira hija, luna llena, tú madre no vendrá a dormir. Cuando la luna se muestra entera cosas extrañas suceden en el rancho — la abuela tomó a la pequeña Amelia de un hombro, la niña volteó la mirada para ver la mano de esta y se topó con aquellos dedos de mezquite —cosas extrañas trae el gran astro— dijo la abuela.

Amelia abrió los ojos al sentir como el caballo disminuía la marcha. José Rafael frenó el animal en seco y apresuradamente se bajó de la bestia. La vieja ya no tenía la flexibilidad de la juventud, sus músculos se encontraban tiesos por el frío y las manos no le respondían. De forma descuidada José Rafael la ayudó a desmontar del caballo y corrió a abrir la puerta de madera. El hombre estaba nervioso y frustrado ante la lentitud de la anciana. José Rafael sentía que un calor le recorría el cuerpo; el color de la ira se apoderaba de sus mejillas; se tronó los dedos de las manos mientras su mente generaba en un santiamén un montón de pensamientos que se resumían en las ganas que tenía de darle un puntapié a la anciana para ver si con eso apresuraba la marcha –con el caballo funciona – pensó.

José Rafael corrió a la recámara del fondo de la casa, creyendo que Amelia lo seguía. La anciana se quitó pacientemente el chal que le protegía la cabeza, su largo cabello rizado le cayó sobre la espalda y se acercó a la chimenea en búsqueda del calor de las llamas. Observó con alegría como los troncos de un mezquite ardían; la casa conservaba el calor y el aroma de la leña, las paredes se llenaban con el color del fuego produciendo en la anciana una vaga sensación de acogimiento. Amelia se puso de espaldas a la chimenea con la esperanza de que el calor le calentara las nalgas, sus dedos se movían, abría y cerraba ambos puños intentando desentumecer las  manos; no podría trabajar sino lograba que sus ligamentos y músculos respondieran a su impulso. Un intenso cosquilleo le acaricio el cuerpo al sentir como poco a poco el calor del fuego revivía su cansado organismo.

Al dar la vuelta se dio cuenta de que había doce chiquillos sentados en el piso sobre una cobija azul de lana. Una de las niñas mayores sostenía en sus brazos a un bebé de apenas diez u once meses, —Un niño tras otro  —pensó la anciana mientras movía la cabeza de un lado a otro. Los conocía bien a todos, todos se conocían en el pequeño pueblo. La vieja inclusive conocía a las personas de los pueblos aledaños, los había visto llegar al mundo, uno a uno. La vida y la muerte ya no significaban mucho para Amelia; con sus años lidiando con traer niños al mundo y enviar a una que otra madre a la tumba, había aprendido que una línea muy estrecha divide este mundo del otro. Nunca había estado de acuerdo en que las mujeres tuvieran tantos hijos. Ella solo había tenido tres. Su madre le había enseñado un eficaz método para deshacerse del indeseado producto de las borracheras acompañadas de sexo y golpes que su marido le propinaba. Durante muchos años, el té de ruda nunca faltó en la barra de madera que tenía a un costado de la estufa de leña. También su madre le había dado otra hierba para deshacerse del marido.

—Acércate chiquilla, ¿Cuál es tu nombre? —Le preguntó a una niña de mejillas rozadas que no pasaba de los diez años —Quiero que ponga agua a hervir y la lleve al cuarto de su madre —dijo Amelia al encorvarse un poco para asegurarse de que la niña entendía lo que le pedía.

Al fondo del cuarto los niños más pequeños se refugiaban en el regazo de los más grandes, Amelia observó detenidamente el rostro de uno de los pequeños, estaba asustado, el miedo se veía en su mirada —¡Bola de escuincles chillones!, Pues sí cada diez meses es el mismo cuento con su madre, ya deberían de estar acostumbrado a este teatrito —gritó Amelia asustando más a los chiquillos; la anciana nunca había sido buena aceptando las emociones de otros seres humanos, por eso tenía más gatos que hijos, por eso había envenenado a su marido.

El gritó de otra mujer se unió al de Amelia, la anciana negó una vez más con la cabeza, alejó la mirada de la los niños y vio a José Rafael sosteniendo el marco de la puerta de entrada a la habitación donde se encontraba Aurelia; sí el hombre seguía apretando de esa manera el marco, terminaría por despedazar el adobe. Caminó lentamente hacía el interior de la recámara.

Aurelia se encontraba postrada sobre la cama, aferrándose con amabas manos de unas desgastadas sabanas de color verde claro que le recordó a Amelia el recipiente donde ponía el agua a los gatos. Aurelia apretaba la tela como si con ello pudiera disminuir su dolor – Luna llena, luna llena –  dijo la anciana para sí, ya sabía que esa noche no dormiría; ese tipo de noches el trabajo se intensificaba tanto como la luz que el astro irradiaba. El gritó de dolor de Aurelia la hizo regresar su mente a la mujer postrada sobre la cama. Amelia por fin decidió apresurar la marcha.

Aurelia tenía las piernas dobladas y abiertas, esta no era la primera vez que se encontraba con Amelia en la misma situación, para ser exactos era la treceava. Aurelia era una mujer de caderas anchas que no había tenido problemas con el nacimiento de sus otros hijos, los partos anteriores habían sido la misma cosa para ella, pero esta ocasión tenía una impresión diferente ; desde el comienzo del embarazo había albergado una extraña sensación que a veces la hacía agacharse un poco, tocarse la barriga y persignarse. El bebé que tenía en el vientre se aferraba a ella. Aurelia sabía que esa cría que cargaba dentro de ella ya se había pasado de tueste; según sus cálculos la criatura debería haber  nacido dos semanas antes. Era como si el crío se aferrara a su cuerpo, a permanecer dentro de ella, a no convertirse en una entidad independiente. Sentía que la criatura no buscaba vida propia, quería seguir viviendo a través de ella.  Amelia se agachó, José Rafael colocó un banco a la espalda de la anciana, esta se volteó, lo tomó y se sentó sobre el. Jaló con una mano el banco hacía el cuerpo de Aurelia, le separó más las piernas y se agachó para ver una vez más como la vida buscaba su camino a la luz.  Se levantó y tentó el duro estómago de Aurelia, el niño parecía venir bien —Puja, ¡por Dios! hemos hecho esto casi una centena de veces —le dijo la anciana impaciente.

Aurelia se sostuvo de la sabana, inhalo y pujó al expirar, Sintió un tirón dentro de su cuerpo, el niño se asía a ella, a cada pujido sentía como si se sostuviera de lo que encontrara a su paso. Amelia se impacientaba más a cada minuto —Un parto es algo inevitable, cuando llega no hay quién lo paré, así que quiero que ponga de su parte —  Aurelia pujó de nuevo, sentía las contracciones y como los huesos de su cadera se abrían. Pujó otra vez, y una vez más. Amelia gritó pidiendo  agua. Al llegar sumergió las manos en ella y las froto una con otra. El agua estaba hirviendo, le quemaba, pero ya no había tiempo para ceremoniales. Podía ver la cabeza del niño y aunque las contracciones habían sido regulares el bebé no había sido expulsado. Se abrió paso entre las piernas de la madre y con las manos ayudó poco a poco al bebé a salir.  Amelia nunca había tenido la sensación de que un bebé se aferrase al cuerpo de la madre de esa manera. Ese niño aún no sentía curiosidad por el mundo externo al vientre. El bebé lloró tan pronto como tomó su primer bocanada de aire. Amelia le pidió a José Rafael que le acercara la arpillera que había dejado a la entrada del cuarto. José Rafael la pasó a la anciana, la cual sacó de ahí un afilado cuchillo y con él cortó el cordón umbilical. El último lazo físico permanente del bebé con su madre había sido roto. La criatura se veía de buen color, un bebé sano. Posó el bebé sobre el pecho de la madre.

Aurelia estaba agotada, puso una mano sobre la cabeza del recién nacido y le dijo, –Bienvenido Ramiro – Sonrió mientras el sudor recorría su rostro. Amelia tomó de nuevo a la criatura y prosiguió con su trabajo, lo aseó y lo envolvió en unas mantas que la niña mayor le había acercado. Una vez que terminó, puso a Ramiro en los brazos de su padre y regresó de nuevo a la madre. Pidió le acercaran de nuevo agua limpia, se lavó las manos y retiró la placenta que había nacido poco después  del niño, insertó de manera brusca la mano en el cuello de la vagina de Aurelia,  mientras entablaba conversación con ella —¿Tiene la misma sensación que yo?, Ese niño no quería salir y ambas sabemos que ya tenía más de nueve meses y medio en su vientre, esa criatura le tenía miedo a algo —Se dirigió al estómago de Aurelia y lo presionó desde el abdomen hasta el pubis sacando coágulos de sangre de la vagina de la recién parida. Aurelia estaba cansada, sabía que Amelia era una mujer buena, solo dura en su trato. También sabía, que era supersticiosa y aferrada a sus teorías, a veces le recordaba demasiado a su suegra Clara, tal vez por eso el par de viejas eran tan unidas. Aurelia tuvo que reconocer que en esa ocasión tenía la misma sensación que Amelia –A ese niño hay que barrerlo, hay algo que no me gusta, es mejor tener precauciones – Aurelia asintió, bajo las piernas y cerró los ojos. Amelia podía hacer lo que le viniera en gana, todo lo que ella quería era descansar.

Amelia tomó la tosca arpillera donde guardaba sus utensilios, salió de la recámara y se acercó de nuevo al fuego de la chimenea. Observó las llamas como si ellas le pudieran dictar lo que requería hacer para apagar su curiosidad —¿Por qué la criatura se aferraba al cuerpo de su madre? —se preguntó cuando la punzada en la cabeza le hizo recordar el sartén que el huevo le había mostrado esa mañana. Volcó su vista de nuevo hacia la niña de las mejillas rosadas, la chica esperaba el llamado de la anciana mientras los otros niños se habían reunido alrededor de su padre para ver al nuevo integrante de la familia. Amelia pidió a la niña que pusiera una sartén sobre el fuego. Se abalanzó sobre la arpillera y tomó de ella una especie de piedra blanca cristalina. La roca era poco menor al tamaño de las manos de la anciana, la tomó entre ellas y la expuso a la luz del fuego, la observaba detenidamente buscando  algo. La piedra resplandeció  ante el embrujo de la lumbre, –José Rafael, trae a esa criatura para acá – A José Rafael nunca le había gustado recibir órdenes de una mujer, mucho menos de esa anciana malhumorada; sin embargo, nunca se había atrevido a reprochar cualquiera de sus indicaciones, sabía que la necesitaba, cada diez, once o doce meses; la misma historia se repetía, una criatura nueva nacía de su mujer.

Amelia le pidió descubriera al bebé. El calor de la chimenea mantendría al chiquillo a salvo del frío. Amelia cerró los ojos y pasó unos segundos en meditación, se encomendaba al Dios de todos los astros, de todos los seres y todas las cosas. Pasó sobre la cabeza del niño la piedra, de un lado a otro se movía la piedra alumbre como si barriera una capa invisible creada a unos centímetros de la piel de la criatura –De adentro hacia afuera – pensaba la anciana. El bebé permaneció quieto, una mueca de disgusto se veía en sus labios pero no profirió sonido alguno. Amelia continuó con el mismo ceremonial pasando la piedra por el resto del cuerpo de Ramiro. José Rafael observaba con disgusto pero al igual que la criatura permaneció en silencio. Cuando Amelia le pidió volteara al niño del otro lado, comenzó a orar –Padre nuestro que estas en el cielo…– pidió voltearan al niño de nuevo y continuó con su oración –No nos dejes caer en tentación – Desde la esquina del cuarto el resto de los hijos de Aurelia, permanecieron quietos, observando al resplandor rojo de la luz del fuego, como la anciana barría con una piedra alumbre a su nuevo hermano, mientras su padre, sostenía al bebé desnudo en sus manos –Cúbrelo de nuevo, ahora estará protegido de lo que lo haya asustado – dijo la anciana. Amelia colocó una mano sobre la piedra alumbre y otra bajo ella, creando un caparazón de protección, alzó las manos, volteó hacía el techo y por última vez rezó  un padre nuestro. Con la mirada fija en el fuego, arrojó la piedra al sartén de metal que ya ardía al calor de la leña. La piedra alumbre poco a poco comenzó a derretirse, su consistencia sólida pasó a líquida mientras se esparcía a lo largo del sartén.  Amelia tomó el chal que hacía no mucho había protegido su cabeza del frío, lo enredó en su mano derecha para protegerse del calor del mango del sartén y lo retiró del fuego. Lo colocó sobre la mesa de gruesa madera, y se sentó en una de las pesadas sillas del mismo material. Observó con cuidado lo que el líquido del sartén iba dibujando; la piedra alumbre derretida delataría lo que había espantado al niño Ramiro, tal como esa mañana el huevo le había mostrado a ella lo que en ese momento le ponía la piel de gallina; una noche de luna llena, un sartén y ahora… un niño.

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