EL CIRCO

Movía el pie derecho y donde había dejado la huella ponía el izquierdo, su caminar era como una danza mal coreografiada que lo tambaleaba de un lado a otro de la acera. César pensó que no era tan tarde, la noche era casi tan joven como él o por lo menos eso generaba su mente cuando sintió que el frío lo obligaba a encontrar abrigo. Sofía, su hermana, probablemente aún se encontrara despierta, ella le abriría la puerta y lo dejaría entrar, ahí no hablaría mucho, sólo buscaría la forma de acurrucarse en el sillón de la sala y dejaría que el cansancio que cargaba por fin encontrara alivio.

Al acercarse a la reja que enmarcaba la entrada a los apartamentos vio algo que le llamó la atención, a la distancia… no distinguía bien de qué se trataba. Bajó la cabeza y agudizó la vista, talló sus ojos y miró de nuevo, no estaba seguro de ver bien. Era un pequeño hombre el que había corrido hacía él. Un gnomo sin cabello con una frente brillante y un colorido traje. El hombrecillo le hablaba en una voz chillona…

—Trae gente, háblale a tus sobrinos ¡el espectáculo está por comenzar!— gritó  entusiasmado el gnomo quién volteaba hacía arriba viendo al chico mientras lo tomaba de la mano urgiéndolo.

—¿Qué espectáculo? ¿De qué me habla?

—Pues del circo ¿qué no lo ves?— le dijo al tomar su mano y jalarlo hasta la reja.

El hombrecillo soltó la mano del joven y brincó con agilidad la valla. César se quedó sorprendido al ver como el pequeño hombre giraba en el aire antes de poner los pies en el suelo.  El chico intentó inútilmente trepar por la barda, desistió en el esfuerzo y pegó su cuerpo contra la malla metálica, pasó los dedos entre la reja de cuadros y clavó la mirada en los colores de la carpa de circo. Bajó la vista al escuchar el gritó del gnomo que lo llamaba con la mano desde la puerta de lona.

—¿Qué esperas? ¡háblale a tus sobrinos! corre, ¡arre! ve…— dijo antes de perderlo de vista.

César pareció sufrir una regresión a la infancia, súbitamente su corazón se hinchó de emociones. Batió las palmas aplaudiendo y sonrió lleno de júbilo, corrió a la puerta de entrada del departamento de Sofía. No podía esperar más, el corazón se le quemaba de la ansiedad, ya quería posar el trasero sobre una de las bancas de madera y ver lo que le esperaba en aquella carpa de circo. Estaba convencido de que si los personajes que ahí trabajaban eran siquiera la mitad de habilidosos e interesantes que el gnomo, una noche inigualable le esperaba.

—Abre hermana, abre…— gritaba mientras con desespero mientras tocaba de manera ruidosa la puerta. Su hermana tardó en llegar. Cuando Sofía abrió la puerta sintió como el aire frío pinchaba sus pulmones, se cubrió el pecho con la bata que vestía y observó con disgusto a su hermano menor.

—¿Qué haces aquí César? ¿qué sucede?— le preguntó.

—Llama a los niños ¡el circo esta aquí! la función está por comenzar ¡anda, ve y llámalos!— le dijo entusiasmado antes de dejar a su hermana en la puerta y correr tocando de puerta en puerta de los departamentos aledaños. Algunos vecinos abrieron, la mayoría no. César los invitaba a que llevaran a sus niños al circo, les decía que sería maravilloso, que se asomaran a ver la carpa. Los vecinos que abrieron le dijeron que hacía frío y que los niños ya se encontraban dormidos. Corrió frustrado ante la lentitud de las personas ¿por qué no deseaban ir al circo?,  buscó de nuevo a su hermana, tocó a la puerta de la casa y esta vez quién abrió fue su cuñado.

— ¿Qué sucede César?

—Ven, trae a los niños, ¡anda que la función va a comenzar!

—Los niños están dormidos— respondió molesto Ramiro. Sofía se asomó de la espalda de su marido y le preguntó a su hermano

—¿Dónde está ese circo?

—Aquí, mira ven, síganme. Ramiro volteó a ver a Sofía y ambos caminaron por el estacionamiento de los departamentos siguiéndolo, cuando llegaron a la reja, César señalaba el lugar donde estaba la colorida carpa,  banderas de colores con extraños símbolos  ondeaban en la parte superior del toldo. El colorido, el aroma y el ambiente tenían al chico hipnotizado.  El gnomo se asomaba desde la puerta de lona, sonreía, aplaudía y brincaba. César respiraba hondo, como si le faltara aire, como si sus pulmones no pudieran colmarse del olor a algodón de dulce, aserrín y del estiércol de camello que desprendía el circo.

Al ver lo que su cuñado observaba, Ramiro negó molesto con la cabeza y tomó a Sofía de la mano, ambos se veían disgustados y sin más volvieron y cerraron la puerta de la casa. Al escuchar el golpe de la puerta César volteó y vio como lo ignoraban. No importaba, si ellos no querían gozar ¡caray! que siguieran de amargados, ese no era su problema, el iría al circo aunque estuviera más cerca de los treinta años que de los veinte. Iría solo, que importaba, así era su vida —solo, solo, solo — pensó.

Estando frente a la puerta un pequeño calambre le atravesó el corazón, estaba nervioso, no sabía qué le esperaba adentro, lentamente asomó la cabeza abriendo la puerta de lona y se sentó en la banca justo al frente del espectáculo. Sonreía, estaba en completo éxtasis al ver de nuevo al gnomo. El hombrecillo vestía un traje negro y un sombrero de copa demasiado alta. El traje brillaba como el firmamento y el sombrero destellaba luz blanca cuando el gnomo se movía. El enano se acercó al espectador de la banca del frente y le hizo una reverencia, al subir el rostro, le cerró un ojo a César y presentó el primer acto.

Dos hombres tan grandes como gorilas se pusieron al centro del escenario mientras una luz roja los seguía, los hombres giraban en su propio eje mientras la iluminación cambiaba de color y sus trajes de mil espejos reflejaban la luz de tal forma que César tuvo que cubrir sus ojos un momento. Cuando retiró la mano de su vista observó como de forma simultánea los enormes hombres ponían el dedo anular en el orificio derecho de la nariz y con el índice de la otra mano cerraban el orificio izquierdo, luego intentaban respirar, inflaban los pulmones, el pecho se les hinchaba y como si se desvanecieran en una milésima de segundo un nuevo ser nacía de ellos, como una escultura saliendo de la piedra se transformaban en diferentes personajes. Michael Jordan y Ayrton Senna fueron los primeros. César no cabía de la emoción, habían sido sus héroes durante la adolescencia. No entendía como el par de gorilas podían cambiar de apariencia en esa forma, se tallaba los ojos e intentaba descubrir el truco pero eran mayores sus ganas de seguir aplaudiendo y observando. Maradona al lado de Magic Johnson fueron los siguientes, se difuminaron tras unos segundos para convertirse en Luis García y Zague quienes se acercaron a saludarlo. César se puso de pie, pasó una mano por su frente para deshacerse del sudor que le había causado tanta emoción y con la mano mojada saludó al par de futbolistas quienes ante sus ojos se convirtieron de nuevo en los dos gorilones. Cuando los dos grandes hombres dijeron adiós en su forma natural, César se paró en el asiento y gritó

—No, no, no, más, ¡más, quiero más! —bramaba incontrolable mientras brincaba y aplaudía. El gnomo reía al ver al joven entrado en los veintes comportarse como un verdadero chiquillo.

Las luces se apagaron y la oscuridad fue total. Una vela de luz tenue fue el centro de atención al medio del escenario, pronto la luz de otra vela se le unió y al sonar de la orquesta un sinfín de velas iluminaron el lugar. Las dos velas del centro se encontraban sobre la cabeza de dos exóticas bailarinas que vestían plumas en llamativos colores en sus diminutos atuendos. El chico quedó boquiabierto con la belleza de una de ellas, la chica tenía el cabello largo, lo llevaba suelto y al mover de su cuerpo el cabello se mecía en una danza hipnotizante. César no podía desprender la mirada de la joven que fue presentada como Analú. Para él el espectáculo terminó cuando vio a la chica, ya no prestaba atención a nada, sólo a ella. Tenía que hablar con ella a como diera lugar, cuando su mente comenzaba a generar la posibilidad de encontrarla en los camerinos del circo el gnomo se le acercó para presentarle a su mujer.

—Mire joven, esta es mi bella dama.—César bajó la mirada y se encontró con otra enana del mismo tamaño que el hombre de copa alta, la mujer lucía extraña, le produjo a César un escalofrío observar que la enana tenía el cuello pegado a un hombro, su cabeza permanecía reclinada al lado derecho por esa razón.

—Hola— dijo César quién se rehusaba a extender la mano para saludar a la mujer, la presencia de la esposa del gnomo le daba asco, algo en ella no le gustaba, se sintió aliviado cuando se fueron y lo dejaron de nuevo observar el espectáculo, su mirada se perdió en la hermosa Analú cuando escuchó como alguien destapaba una cerveza, volteó a un lado y vio que al final del ruedo del circo había un enorme contenedor redondo repleto de cervezas. La garganta le comenzó a picar y sintió una sed incontrolable, salió de su lugar y se acercó al gnomo, le pidió le vendiera o compartiera una bebida pero el hombrecillo se negó, dijo que las bebidas eran de su mujer y se armaría tremendo lio si ella se enteraba que estaba regalando sus cervezas. César insistió sin éxito alguno, puso una mano sobre la garganta y cuando caminaba de nuevo a su lugar vio que las danzarinas terminaban su número. Aprovechó que estaba de pie y fuera de la vista del gnomo para escabullirse por detrás del escenario.

Entró con precaución al lugar dónde los artistas se cambiaban, la gente y demás personal se encontraban entretenidos viendo el espectáculo de los payasos, cuando por la cabellera César reconoció a Analú, le puso una mano al hombro y esta volteó. Lo tomó de manera sorpresiva de la mano y acercó su cuerpo al de él de manera promiscua.

—Sácame de aquí, esto es un infierno, el enano y su mujer me maltratan. Tómame, llévame contigo —le dijo la bailarina al oído. César tembló, no esperaba una respuesta así, el sólo… sólo… ni siquiera sabía lo que quería, pero al verla ahí frente a él, sintiendo su pecho pegado al suyo no pudo más que decir

—Cuando me vaya sígueme, ve tras de mi para que no se den cuenta, te veo en la esquina, en el café y de ahí huiremos juntos. —Analú asintió y se separó de él, se apresuró a vestir unos pantalones vaqueros en lo que César regresaba a su lugar. Ya no se encontraba quieto, había perdido el interés en el espectáculo. No podía mantener las nalgas en un solo lugar. Le sudaban las manos, no buscaba más la mirada del gnomo. Puso las manos sobre la banca y sin más salió del circo. Caminó rápido por la acera, volteó  atrás y vio que Analú lo seguía a una distancia prudente, siguió así por otra cuadra, no volteaba pero escuchaba el ruido de los tacones de la chica, otra cuadra más y se dio cuenta que alguien más los seguía. Volteó hacía atrás cuando escuchó el ruido de los tacones acelerar, el par de gorilas venían tras de ellos, Analú lo alcanzó y le sujetó la mano, ambos corrieron cuando escucharon la voz del gnomo que gritaba

—Traigan a esa vieja, y a ese hijo de puta también,  ¡lo quiero muerto! —gritó el enano enfurecido en rabia. El chico no sabía qué hacer, sentía miedo, quiso deshacerse de la presión de la mano de la chica e intentó soltarse de ella, al darse cuenta de lo que sucedía Analú se distrajo y tropezó, cayó al suelo y el par de enormes hombres la alcanzaron y sometieron, César no volteó atrás, corrió tan rápido como pudo, escuchaba que los pasos que lo seguían estaban en corto. Volteaba de un lado a otro y todo se encontraba cerrado, la noche estaba entrada en la luna y todo era oscuridad, a lo lejos vio un supermercado, recordó que algunos de ellos estaban abiertos las 24 horas. Corrió tan rápido como pudo con la adrenalina dando velocidad a sus pasos. Empujó la puerta del súper y esta se abrió, las cajeras que se encontraban haciendo ya el corte de caja voltearon sorprendidas al escuchar el estruendo que César había producido al entrar. Frenético se asomaba por el vidrio buscando al par de gorilones que lo seguían, la oscuridad de afuera no le permitía ver. Se acurrucó asustado en una de las bancas que se encontraban al final de las cajas y con los ojos desorbitados esperaba a que en cualquier momento entraran a buscarlo.

—No puede estar aquí joven, estamos por cerrar, tiene que salir—le dijo una cajera.

—Usted no entiende, me vienen siguiendo me quieren matar—gritó el joven quien se levantó agitado a asomarse por la ventana. La cajera se asustó y marcó desde su celular a la policía, el velador del supermercado veía desde la distancia lo que sucedía, era viejo y César parecía un joven fuerte, prefirió fingir que estaba de ronda.

La policía entró por la puerta del frente, dos guardias de trajes azules y placas metálicas caminaron a la banca donde César se encontraba. La cajera había hecho una señal en dirección a él.

—¿Qué sucede? tiene usted que salir de aquí.

—¡Me quieren matar señor!, hay dos tipos esperando por mi afuera— dijo César afligido. Los policías se miraron uno al otro y uno de ellos se asomó por el vidrio. El policía no vio a nadie en el estacionamiento.

—Bueno, de cualquier forma tiene que salir de aquí…

—¡Por favor, por favor! es verdad me están siguiendo y me van a matar.

—¿Quién le sigue?

César no supo que responder, ¿qué diría?, dos payasos de circo… o tal vez… un gnomo envió matarme por huir con una de sus danzarinas exóticas… no tenía sentido temía que lo tacharan de loco.

Uno de los policías lo tomó de manera brusca del brazo y lo llevó fuera del establecimiento. César volteaba de un lugar a otro buscando a los maleantes, pánico era lo que sentía, no quería alejarse de lo policías.

—¿Está borracho?, ¿ha consumido alguna droga?, preguntó el policía cuando agarró a César del cuello de la camisa y lo jaló hacía él para ver sus ojos y oler su aliento.

—Nada señor, nada —respondió el joven que no dejaba de voltear a los lados. Los policías rieron al ver la reacción de César, al percibir ese fiero instinto de supervivencia llamado miedo. El par de oficiales se dieron un codazo antes de subir a la patrulla. César se sintió ofendido al escucharlos reír, pero no importaba, todo lo que el quería era no estar —solo, solo, solo —.

—Andé, camine, nosotros le escoltaremos desde el auto a su casa.— César caminó con precaución, lo más cercano que pudo a la patrulla, no veía a los rufianes del circo pero presentía que no andaban lejos. Cuando la patrulla lo abandonó en el estacionamiento del departamento de Sofía, volvió a escuchar pasos, volteó desesperado buscando de dónde venía el sonido, alcanzó a ver a los dos hombres dando la vuelta en la esquina. Corrió a la puerta del departamento y tocó con desespero. Nadie abrió, buscó dónde esconderse, tal vez bajo un auto, o en el poste o más seguro ese contenedor grande de basura, ahí no lo encontrarían, trepó en el gran contenedor que albergaba la basura de los departamentos y entre las bolsas plásticas, la podredumbre y el mal olor mantuvo silencio y quietud. Escuchó cuando el par de gorilones lo buscaban de aquí a allá, pasos cerca, pasos lejos, aumentando su angustia, César oraba por que no lo descubrieran. Con los ojos abiertos pero en total oscuridad respiraba en suspiros cortos que intentaba acallar con una mano sobre su boca. Su oído se agudizó ante la falta de luz y escuchó  los solapados pasos de las cucarachas y otros bichos que iban y venían por la basura, sentía deseo de pararse y salir corriendo pero era más su miedo a los gorilones que a los insectos, pasó el tiempo y los pasos dejaron de escucharse, César decidió permanecer en la basura hasta que la luz del sol lo pudiera proteger, recargó la cabeza en una mano y perdió conciencia del mundo.

Cuando despertó, el sol ya estaba muy alto, la mano donde había tenido la cabeza no le respondía, se le había dormido y no lograba que el cosquilleo se desvaneciera, entumido y con una sola mano se las arregló para salir del basurero, volteó a su alrededor y sigilosamente fue  a asomarse por la reja, deseaba ver el circo por última vez. Pasó los dedos por la tela de alambre, se desmoronó al ver que ahí no había nada, absolutamente nada, sólo asfalto y una gran maceta en forma de cazo en el lugar dónde había visto las cervezas de la enana. Se paró poco a poco y fue a tocar al departamento de su hermana. Nadie respondió, se asomó por la ventana de la cocina y vio que estaba abierta, trepó por ella y fue directo al cuarto de Sofía, no había nadie. Abrió el cajón del tocador y vio un par de alhajas, las metió en el bolsillo de su pantalón y salió por la puerta del frente. Con la mano que aún no le respondía correctamente frotó las alhajas a través de su pantalón y pensó —con esto será suficiente para un seis de cervezas y tal vez un poco de acido… solo, solo, solo—

Laura Müller

Comments
5 Responses to “EL CIRCO”
  1. Muy padre cronica Laura… ME ENCANTO!!! Felicidades

  2. Me hiciste caer como un niño con el tema del circo sin darme cuenta que era una alucinacion del César. Tal parece relato oscuro de television, siempre es misterioso el circo detras de tanta felicidad… Buen trabajo!

  3. Erika Verduzco dice:

    Ahh k Cesarin tan aluscinado y ladron para acabarla jejej felicidades muy bueno amiga =)

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