Libros

El primer libro de la autora se encuentra en proceso de edición y saldrá a la venta en México durante el 2012.

Ganador del concurso de ediciones tripartiras de La Universidad Autónoma de Juárez, La Universidad Autónoma de Chihuahua y el Instituto Chihuahuense de la Cultura. El libro titulado “Ruleta Urbana” narra las historias de una mujer moderna y su deambular por el mundo.

El segundo libro “Arriba y abajo del tercer planeta” se encuentra en búsqueda de una casa editorial.

Al momento la autora se encuentra desarrollando dos novelas:

La Caja

Cuatro amigas, un amor y una caja de recuerdos. Un reencuentro consigo mismo y un palpitar que se prolonga.



El Globero


Un hombre. Una bruja. Un pueblo. Muchos ritos y un misterio que camina por las calles vendiendo globos…

Capitulo I.

El Globero

LA PUNZADA

1 de Diciembre de 1967, San Vicente de Melones.
Cabecera Municipal, Simón Bolívar, Durango, México
Se encerró en su cuarto y corrió las cortinas, prendió una veladora que ella misma había hecho con enjundia de gallina y pacientemente espero a que el aire se envolviera con el aroma a cebo. De frente al altar que tenía montado en el lado izquierdo de la recámara se encomendó a la figura de yeso pintada de San Judas, inclinó la cabeza frente al cuadro de la virgen de Guadalupe, tomó una imagen del sagrado corazón de Jesús y la besó justo donde los rayos brotan.  Puso el huevo frente al fuego de la veladora y lo observó por unos segundos –Creo en un solo Dios, Padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra  —  rezó al mismo tiempo que con el huevo formaba una cruz al frente de su cabeza, sus ojos permanecían abiertos y su mirada perdida en el altar –Siempre hacía afuera, siempre hacía afuera – se repetía mientras pasaba el huevo por su pecho a la vez que rezaba y recordaba que el movimiento del huevo siempre debía ser de adentro hacia afuera –Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero – el huevo se movía de un extremo a otro de su cuerpo –Es una mala vibra, una deshonestidad, es traición – pensaba al hacer una cruz en cada una de sus manos.
Cabía la posibilidad de que la punzada que sentía en la cabeza se debiera a un mal de ojo, no sería la primera vez que una dolencia física respondiera a la mala voluntad o brujería de otra persona. Cuando terminó de dibujar con el huevo una cruz en lo que sus brazos lograban alcanzar de su espalda, se dirigió a la cocina, tomó un vaso de cristal con agua que colocó debajo de la cama, se sentó sobre ella mientras nerviosamente pasaba el huevo de una mano a otra observándose los dedos de las manos; se veían sanos, rectos, fuertes –Ya supere tu edad aguela Blanca y mis dedos aun sirven – dijo en voz baja mientras giraba ambas manos al mismo tiempo. Sostuvo el huevo con la mano izquierda, su dedo índice quedó arriba y el pulgar abajo, rezó un Padre Nuestro y se agachó a recoger el vaso con agua que estaba bajo la cama, los rizos de su largo cabello entrecano le cubrieron el rostro, al levantarse sacudió la cabeza para retirar el cabello que le impedía ver y puso el vaso entre sus piernas, contuvo la respiración y quebró la cáscara dejando caer el contenido en el agua. La clara estaba casi cocida, la yema se hundió en el fondo del vaso mientras la sustancia blanca se levantó entre el agua formando una figura que azoró a Amelia. Amelia había realizado ese ritual un millón de veces y su corazón se aceleraba tanto cuanto la primera vez que había intentado algo similar; de niña, cumplidos los cinco años, había celebrado su primer ritual intentando librar a su amiga Clara de una bronquitis. El diario vivir de Amelia la había hecho susceptible a lo sobre natural, a las leyendas y a las antiguas creencias sanadoras que su madre y abuela le habían trasmitido a ella, de la misma forma en que su abuela a su madre, su bisabuela a su abuela y así sucesivamente por una infinidad de generaciones.
Se asomó a través del cristal, y vio la forma de un sartén dibujado en la clara de huevo que se había elevado sin llegar a la superficie, había algo más, contuvo la respiración y se asomó por el orificio del vaso; sabía perfectamente que si respiraba la mala vibra que ahora encerraba el huevo se pasaría directo a su organismo. Frunció la nariz, apretó la boca lo que formó una serie de arrugas paralelas a lo largo de sus labios y sus ojos cafés resplandecieron cuando comprendió lo que había dentro del sartén.
Amelia intentaba encontrarle sentido a lo que veía pero ella mejor que nadie sabia que la razón no sirve en la brujería, la punzada que sentía en la cabeza la golpeó fuerte en la conciencia y comprendió que el feto dentro del sartén que dibujaba la clara de huevo profetizaba la llegada de alguien —¿Alguien con un destino frito? — dijo cuando la mueca de su rostro se transformó para dejar salir una enorme carcajada, lanzó la cabeza para atrás y su expresión se relajó, se pasó la mano libre por la cabeza despejandose la frente del cabello —Bonita jugarreta me ha de deparar el día de hoy, este pinche huevo es una mala sátira si pretende mostrarme el futuro de alguien –.
Permaneció sentada sobre la cama recordando a su abuela Blanca,  siempre que las figuras que encontraba en los huevos o la piedra alumbre con la que solía barrer a las personas la ponían a dudar, Amelia se preguntaba que hubiera predicho la abuela Blanca —Ay aguela, ¿qué hubieras pensado de esta clara?… — el tonó de la voz de Amelia cambió y en una voz grave simuló el timbre de la abuela — luna llena; noche de crias— eso me hubieras dicho aguela— dijo Amelia volviendo a su tono normal de voz.
La barrida con el huevo era para alejar el mal de ojo, para mostrar lo que asustaba a la persona barrida; era un ritual para buscar tranquilidad no para acrecentar la punzada que Amelia sentía en la nuca —Luna llena, un feto y un sartén— Tiró el agua del vaso por el retrete y se dirigió a la sala, prendió fuego y lanzó el huevo a la hoguera —Luna llena, luna llena, un feto y un sartén— se repitió para sus adentros una vez más.
Se aferró al calor de la chimenea con el gato Tómas en su regazo, una bola de estambre a sus pies y el suave murmullo de su propia voz tarareando una vieja canción de cuna. La luna espantó al sol y las agujas entrelazando el estambre espantaron del pensamiento de Amelia la punzada que sentía en la cabeza. Lo que nunca se ausentó de su razón fue  la luna llena, el feto y el sartén. Su mano bajó al regazo y acarició el fino pelo gris del gato Tómas de cabeza a cola —Pronto Tómas, pronto— dijo la vieja.

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